Cuando abandonamos los ideales y justificamos el lento trajinar por el hecho de haber vivido unas cuantas primaveras.
Cuando le ponemos años al transcurrir del tiempo y aún siendo jóvenes, teñimos el alma con numerosas canas y nos sentimos incapaces de interpretar el mensaje de la belleza, la fantasía, la pasión y la entrega.
Cuando amordazamos el deseo insaciable del niño que llevamos dentro, por conquistar lo nuevo, lo agradable y alegre de nuestra existencia.
Cuando permitimos que las huellas dejadas por el tiempo en nuestro cuerpo, se graben en el alma para justificar la renuncia al entusiasmo, la aventura, la capacidad de asombro, la sensualidad y el erotismo.
Cuando dejamos que lo fisiológico por sí solo se apodere de nuestro ser, ignorando la biodiversidad de factores que afectan el otoño aún estando en primavera.
Cuando dejamos el trabajo de nuestra sexualidad a la exclusividad hormonal, religiosa y cultural, justificando así la renuncia a la capacidad de orgasmar, entregar y gozar.
Cuando mutilamos la risa, la alegría, el deseo, el autoerotismo, el placer, el coito, la excitación, la imaginación y el orgasmo por temor al pecado, a la culpa, al señalamiento y a la muerte.
Cuando nos dejamos vencer por los signos, palpitaciones, cistitis, osteoporosis, incontinencia, sudores nocturnos y demás síntomas que atropellan la autoestima.
Lo importante es no sentirnos viejos por el tiempo vivido... sino sentirnos jóvenes por el tiempo esperado, para darle vida a los años y no años a la vida.
Cómo citar este artículo
Somos viejos:. Rev Col Menop. 2001;7(3):54.
Somos viejos:. (2001). Revista Colombiana de Menopausia, 7(3), 54.
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